Me pregunto



La influencia que actualmente los medios de comunicación tienen sobre la sociedad es sin duda manifiesta, si en particular nos referimos a la televisión, ésta es aún más contundente. A través de ella recibimos mensajes continuamente, unas veces de tipo informativo, otras culturales, educativos, de entretenimiento, de opinión... La naturaleza de dichos mensajes forma y conforma a niñ@s y adultos, por eso su poder es inmenso. La percepción de lo que ocurre a nuestro alrededor, en nuestro mundo, está siendo construida todos los días a través de una pantalla televisiva. A mi juicio estamos acostumbrándonos a algo tremendamente peligroso, estamos acostumbrándonos a contemplar el mundo… ignorando que podemos y debemos intervenir en él. Muchos de nuestros niñ@s, jóvenes y adultos viven, disfrutan, sufren o sueñan a través de la oleada de imágenes y palabras que reciben de la TV de forma totalmente pasiva.

Observo y analizo lo siguiente: si todos somos conscientes del dominio que supone este medio de comunicación, del poder del que dispone, ¿por qué no exigimos la responsabilidad que tiene de ofrecer a sus telespectadores contenidos de calidad y respeto?

Es por esto que me pregunto ¿En la tele todo vale? ¿La tele tiene licencia para “matar”?

¿Cuál es el sentido de emitir cierto tipo de programas? ¿qué tipo de mensaje se quiere comunicar con un programa que lleva por título “mujeres ricas” o con otro semejante “casadas con Hollywood”? Programas ambos que, en líneas generales, consisten en mostrar a los telespectadores cómo una mujer puede poseer materialmente todo lo que desee con un simple y fructífero gesto: casarse con un hombre (abiertamente rico). El lujo, la opulencia, la frivolidad y la ostentación son los “valores” que imperan en estas emisiones.

Escribo, no sin esfuerzo y con cierta repulsión, algunas de las frases textuales de estos programas: “me encanta el sueño de mi amiga: casarse con un hombre muy, muy rico y quitarle el dinero” o ”voy a tener que tener dinero toda mi vida, porque esto es felicidad”.

Considero que es una falta de respeto para todas las mujeres que, adineradas o no, han decidido construir su vida con honradez: trabajando. Y mujeres que han alcanzado su estatus, social o económico, por otras vías que no son el “braguetazo femenino”. El género masculino también queda, en estos programas, a la altura del betún, con una imagen con la que supongo muchos hombres no se identifican, ni remotamente quieren hacerlo.

Es por esto que me pregunto ¿qué tipo de principios y hábitos podemos desarrollar o enseñar a desarrollar con este tipo de programas? ¿Qué valores fortalecemos? ¿Promover la igualdad de sexos y la autonomía de la mujer? ¿Eliminar desigualdades entre géneros?

No se trata de ver la TV como a un enemigo ya que cumple algunas funciones necesarias: nos informa, e interesantes: nos entretiene; eso siempre y cuando seamos nosotros los que la utilizamos y no a la inversa.


Es por esto que me pregunto ¿por qué nos quedamos mirando y no actuamos? ¿Por qué nos quedamos callamos ante contenidos sexistas, violentos, insustanciales, impertinentes o vergonzosos?

Animo con este artículo a que seamos más críticos a la hora de sentarnos delante de la pequeña pantalla y más aún si lo hacemos con niños y niñas que están aprendiendo a pensar, a sentir, a vivir. Permitir que nuestros hijos reciban este tipo de mensajes “asesinos de mentes”, es un gesto que trae consecuencias no deseadas y a muy corto plazo (agresividad, alienación, sedentarismo, obsesión consumista, pasividad, etc). Por todo ello, también animo a aquellas personas que compartan esta idea, que no nos quedemos impasibles ante semejante menosprecio a la audiencia y que de forma directa, denunciemos determinados programas, no sólo los dos a los que hace referencia este artículo, pues me costó trabajo seleccionar ante tantos aspirantes.


Termino con la frase del genial Groucho Marx:

"Encuentro la televisión muy educativa.

Cada vez que alguien la enciende me retiro a otra habitación y leo un libro".


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