¿Educamos emociones?




La capacidad de entendernos, respetarnos y llegar a acuerdos está disminuyendo de forma visible en todos los contextos y lugares del mundo: entre hombres y mujeres, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre Corea del Norte y Corea del Sur, entre gobernantes y gobernados, entre seres humanos y seres humanos...

Hasta que el universo nos ceda algún espacio más para vivir, por el momento, sólo contamos con un planeta que habitar, donde el entendimiento mutuo es nuestro único destino posible. Estamos llamados a vivir juntos, a convivir en el mismo espacio y tiempo. Esto podemos hacerlo con armonía y respeto, llegando a acuerdos y aceptando que las personas podemos pensar y sentir de formas diferentes e incluso contrarias “sin embestirnos”. Y también podemos hacerlo con odio, desprecios y vulnerando los derechos de los que “son distintos”.

No cabe duda que en muchas ocasiones las personas somos y sentimos de forma diferente, esto no debiera estar reñido con nuestra capacidad para respetarnos y llegar a acuerdos.

Y podemos hacerlo desarrollando una cualidad, la de “ver” más allá de nuestra propia perspectiva, desarrollando la capacidad de empatía, que no es otra cosa que ponernos en el lugar del otro. La empatía se refiere a la capacidad emocional que tiene una persona para vivenciar la manera en que siente otra persona. Obrar con empatía no implica estar de acuerdo con el otro. No significa dejar de lado las propias convicciones y asumir como propias las del otro. Es más, se puede estar en completo desacuerdo con alguien, sin por ello dejar de ser empáticos y respetar su posición.

En la educación emocional podemos encontrar la clave para evitar el avance de la violencia, del terrorismo, del acoso escolar, laboral o sexual. La empatía impediría el crecimiento de los abusos, la injusticia, las desigualdades, las guerras...

Nacemos con una profunda predisposición a la empatía, pero es necesario alimentarla desde muy pronto. La empatía es una capacidad que se desarrolla a lo largo de la infancia y es responsabilidad de la familia, la escuela y la sociedad que ésta se desarrolle o no.

A los padres y madres nos corresponde educar a nuestros hijos enseñándoles a preocuparse y ocuparse de los demás, a ser “mejores”, no “los mejores”, a no competir para superar a los otros, enseñándoles no a defenderse, sino a argumentar, razonar, analizar y comprender.

A la escuela le corresponde continuar y estimular en la misma línea, enseñándoles a no comparar, a compartir, a aceptar las diferencias, a no infravalorar, a respetar a los que visten, hablan, juegan o sienten “distinto”. Lástima que la educación emocional no tiene un espacio real en nuestras escuelas, “no cabe”, hay cosas más importantes que aprender…

Y a la sociedad le corresponde velar y cuidar lo que padres, madres y profesores/as comprometidos hayan venido haciendo; enseñando a nuestros jóvenes que los valores universales (respeto, responsabilidad, amor, libertad, honradez, solidaridad) sirven para algo, que su sociedad los avala, los reconoce y los pone en práctica de forma definida y permanente. A la sociedad le corresponde no entrar en contradicción con los valores que proclama.

Este es nuestro compromiso.

Carmen Villaverde.


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